Principios de agosto de 2094, en algún lugar al sudeste de lo que otrora fue la península ibérica.
Con las primeras luces del alba un hombre de unos cincuenta años sale por las puertas de una de las últimas ciudades del mundo. Muros de hormigón culminados en alambres afilados protegen a poco más de 6000 personas de asaltantes y perros salvajes repletos de enfermedades y costras.
El hombre se dirige a uno de los mares de basura más cercanos a la ciudad. Hasta donde le llega la vista solo se ven secarrales y montañas de basura, que son el sustento de la mayor parte de sus conciudadanos y él mismo. Solo les queda eso, rebuscar de aquí para allá, siendo bueno el día en el que algo de ligero valor cae en sus manos. Por la noche, ...
